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Mi Perfil
Mónica Elisabeth Sacco
La Falda - Argentina
Porteña emigrada al interior, escribo cuentos y novelas policiales por el placer y el desafío intelectual de hacerlo. A caballo de dos siglos, amo la ópera, el ballet, el jazz y el R&B, aunque gracias a mi hija adolescente descubrí a Coldplay y Oasis, entre otros. Leo ciencia-ficción (Clarke, Herbert, Asimov, Sturgeon, LeGuin, Cherryh, Silverberg, Dick, Smith...), policiales (Poe, Camilleri, Hammet, Chandler, Manning, Doyle,Martin, Borges, Bioy Casares...), los viejos y queridos clásicos y hasta las páginas amarillas en caso de emergencia.
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04/02/11 | 17:03: MONINA dice:
Hola, te felicito por todo lo que expusiste, todo me gustó mucho, me encantaría contar con vos en mi grupo de amigos, es por eso que te invito, puedes promocionarte exponiendo tus poesías o escritos o tus sentimientos o tus sueños, te elegí además por ser de Argentina, me encanta valorar a nuestros poetas argentinos, no escribo pero me gusta leer poesías, reflexiones, frases, cuentos, relatos, textos breves, de todo un poco, por eso si querés formar parte de mi grupo de amigos: “PUNTO DE ENCUENTRO AMIGOS DE BS.AS”, si gustás conocernos, también podés decirle a alguien de tus conocidos o amigos, si quieren ser nuestros amigos y al igual que a vos si quieren mandarnos algo sobre:"El Verano", "Las vacaciones", "La playa", "El mar", "La Amistad", "Los Amigos", "El amor", "Estar enamorada" o que tengan que ver con estos temas y quieran además tener nuevos amigos, tener una linda amistad duradera, fiel e incondicional, si apostás a la Amistad y aceptás comprometerte con ella, te invito a que transites nuestro camino de la Amistad con nosotros a cambio te ofrecemos toda nuestra amistad, estar en las buenas como en las malas, ser una buena compañía a través de mensajes, Chat o en encuentros de grupo en salidas varias, nuestro lema es: “Unirnos por la Amistad” Creemos que es un pequeño y humilde aporte para “La Paz en el Mundo”, dale aceptás? Te estaremos esperando con toda la buena onda y amistad por siempre y yo con los brazos abiertos virtualmente y quizás algún día en persona para darte la bienvenida! Yo soy de Temperley, Buenos Aires, psicopedagoga Coord.Gral.: MONINA Para Suscribirse: puntodeencuentroamigosdebsas-subscribe@gruposyahoo.com.ar
19/09/10 | 10:36: Silvi dice:
¡Me encanta Martello!
19/09/10 | 10:32: Jorge dice:
Muy buena la novela y el reflejo de la sociedad provinciana. ¿Vas a editarla?
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Comisario Martello- CAPITULO 18



Buenos Aires seguía aturdiéndolo con sus ruidos crueles. Bocinazos, puteadas, frenazos; escapes de colectivo que roncaban el malhumor de su conductor; gritos de gente que se peleaba a los idem de auto a auto y por cualquier cosa; vendedores ambulantes que vendían lo que el contrabandista de turno hubiera traído desde el Paraguay, Bolivia o Taiwan. Las terminales de ómnibus no solían ser el mejor lugar para juzgar a una ciudad y Martello lo sabía, así que se apuró a conseguir un taxi que lo llevara hasta el hotel para dejar el bolso y empezar con el city-tour. Alla voy, Registro Nacional de las Personas.

Previendo la reacción de los empleados del Registro, había concurrido provisto de las correspondientes autorizaciones judiciales. Lo hicieron pasar a una pecerita de aluminio y madera terciada y le mostraron una máquina expendedora de café. Se acercó con desconfianza y decidió arriesgar una moneda para probar la calidad de la cafeína local. El perfume y el sabor lo sorprendieron y se animó a una segunda ronda.

Juntó varios vasitos encima de la mesa de madera algo venida a menos por el uso, hasta que el empleado volvió con los datos. Fernán Castel Morá y Ana Luisa Ruiz Casau había muerto, el hombre en 1987 y la mujer en 1995. María Salomé Gaudet Castel ya no tenía a nadie en el mundo. El hombre le facilitó también el último domicilio del matrimonio, que también figuraba como domicilio de María Salomé.

Se embarcó en un taxi hacia el barrio de Devoto. Tocó el timbre del portero eléctrico en la dirección que le habían dado en el Registro, y le respondió una voz de mujer que alimentó sus esperanzas durante el tiempo que demoró en enterarlo de que ella no era la persona que él buscaba. Cuando consiguió que la mujer abriera la puerta, le explicó que era policía y que estaba tratando de localizar a la anterior propietaria por un grave asunto familiar. Ella se ablandó un poco ante la identificación y le informó que le habían comprado la propiedad a un dentista que tenía allí su consultorio. Tuvo la gentileza de darle el nombre del tipo.

Nuevo éxito-fracaso: el dentista era un hombre respetuoso de la ley y sus representantes y quería colaborar, pero no tenía idea del paradero de María Salomé. Sí le proporcionó los datos de la escribanía en donde habían firmado la escritura de compra-venta. Con un dejo de desazón, llamó al estudio Arias Campbell, para enterarse de que el horario de atención había caducado hacía quince minutos. Primera actividad de mañana, anotó mentalmente.

Tomó conciencia de que el estómago le dolía de hambre. Mejor me vuelvo al hotel, me baño, como algo y me voy a dormir. El cansancio y la sensación de futilidad estaban empezando a pesarle.

La ducha le devolvió un poco de buen ánimo y el hambre terminó de espolearlo. ¿Y si llamaba a Magda? "El celular al que Ud. llama está apagado o fuera de servicio", le informó la voz de la computadora. Debe estar laburando a full. La llamo mañana.

****

La escribanía Arias Campbell tenía la pertinente aura de seriedad y la correspondiente secretaria entrada en años y amargura. La vieja inspeccionó con cara de sabueso de Interpol, cada papel sellado que Martello le puso delante. Lo mismo había hecho con su identificación oficial.

— Voy a consultar con el doctor— dijo la vieja y se levantó con aires de emperatriz viuda.

Mientras el comisario esperaba, se entretuvo observando el movimiento del personal, en particular el de una señorita con una espalda interesantísima que iba y venía de las tripas de la escribanía con pilas de fotocopias, folios y libros encuadernados en azul oscuro. La secretaria senior salió del despacho principal, le dedicó una mirada cargada de desprecio mayestático a la espalda interesantísima, e invitó a Martello a pasar.

Apenas el escribano abrió la boca, quedó instantáneamente calificado como perteneciente al grupo "Ramírez Lynch" de la escala social de Martello. Mientras lo invitaba a sentarse, entró la señorita de la espalda a dejar una respetable cantidad de folios cargados de sellos, y el doctor le dedicó una ojeada que Martello juzgó tan lujuriosa como la que él mismo le había dispensado momentos antes. No hay como un buen culo para emparejar las diferencias de clases.

Un vistazo a los títulos enmarcados repartidos por las paredes forradas en madera, le confirmó que Nicanor Arias Campbell era abogado y se había dedicado a la escribanía para no descuidar el negocio familiar.

Componiendo su mejor perfil de representante de la ley y el orden, explicó los motivos de su visita. Arias — el "Campbell" irremediablemente perdido desde el punto de vista de Martello —, prometió buscar la información que tuviera disponible. ¿Podía volver por la tarde? Por supuesto, dijo Martello y se despidió del escribano después de acordar la hora.

Para pasar el tiempo hasta las cuatro y media, se fue al Departamento Central de Policía a visitar a viejos conocidos. Los muchachos lo recibieron con afecto.

— La debés estar pasando bomba en el interior, turro — el comisario Marinelli, transferido a Sustracción de Automotores por decisión propia, le palmeó el hombro casi hasta sacárselo de lugar —. ¿Seguís jugando al fútbol? Si te quedás el fin de semana, te venís el sábado con nosotros y después del partido, nos comemos un asadito.

No podía quedarse hasta el fin de semana y lo lamentó. Aparecieron otros ex-compañeros que lo saludaron, algunos con un leve dejo de envidia por su posición privilegiada, lejos del minuto a minuto de Buenos Aires.

— No sabés lo que es esto, "Loquito"— masculló el recientemente ascendido comisario Suárez, división Homicidios—. No tenemos paz. La gente está cada día más loca. Mirá— y le alcanzó el expediente de la violación y homicidio de una nena de nueve años, a manos de su padrastro—. Allá no pasan estas cosas, ¿no?

— No vayas a creer. También tenemos lo nuestro— les contó el motivo de su viaje a Buenos Aires. Un silencio frío pasó por la habitación.

Se fue a almorzar con "los muchachos" — aunque de 'muchachos' nos está quedando poco,  meditó mientras miraba con disimulo las peladas y las pancitas —, en una pausa bienvenida. Le prometió a Marinelli que haría lo posible por ir a comer a su casa antes de volverse al pago.

En la escribanía, la secretaria senior lo esperaba con cara de culo y con la escasa información reunida. El doctor tenía una firma de hipoteca en un banco y ya se había ido. Martello hizo memoria: los bancos en Buenos Aires cerraban a las tres de la tarde. La ausencia de la señorita de la espalda esplendorosa aumentó las sospechas del comisario.

— Me imagino que el trabajo de buscar los datos es todo mérito suyo, así que se lo agradezco... No sé su nombre — le sonrió.

— Mercedes— la vieja desarrugó un poco la jeta, lo suficiente como para devolverle una sonrisa. "¿Ven? Yo sí sirvo para trabajar", decía el gesto acre.

En un ángulo del escritorio, había una foto blanco y negro en un marco de plata. Un grupo atildado a la moda de treinta años atrás le sonreía a la cámara. La única mujer no podía ser otra que la emperatriz viuda, con unos cuantos años menos y sin la decepción de la vida marcada en la boca. Un hombre que era la versión original del actual titular de la escribanía, tenía un brazo perdido por detrás de la espalda de ella. 

La mujer lo vio observar la fotografía y apretó los labios, desviando la mirada. Martello se dedicó a leer la información: dos números telefónicos y un domicilio que se indicaba como laboral.

— Espero no haberle complicado demasiado el día, Mercedes.

— No es nada. Algo para salir de la rutina.

Y tu vida debe estar llena nada más que de rutina desde hace mucho. Se despidió dándole las gracias nuevamente.

En la calle, marcó el primer número sin demasiadas esperanzas. Nadie respondió, ni siquiera el contestador de la empresa telefónica. Con el segundo número tuvo más suerte. La amable grabación del pre-atendedor de un restaurante de Recoleta le pedía que marcara el número tal para reservas, el número cual para proveedores, o cero para que lo atendieran en recepción. Sólo entonces reconoció el domicilio, que se correspondía con el número. Cortó y apenas consiguió un taxi, salió para el restaurante.

El recepcionista era nuevo y no conocía a nadie llamada María Salomé Gaudet Castel. LLamó al encargado, un hombre cerca de la cincuentena que lo miró con desconfianza hasta que Martello le mostró la chapa. Sí, María Salomé había trabajado en el restaurante, hasta hacía unos tres años, primero como sub-chef y después como chef ejecutivo. Una excelente profesional. ¿Por qué había dejado el puesto? El encargado se encogió de hombros. Ella había dicho nada más que se iba. Como no habían tenido más novedades, suponían que se había ido de Buenos Aires. ¿Al exterior?, preguntó Martello con un pinchazo a la altura del escroto. Nuevo encogimiento de hombros y al comisario se le cayeron el alma y las pistas al suelo.

— ¡Espere! Me parece que una de las chefs ayudantes tiene una dirección de correo electrónico— el encargado se fue y volvió un par de minutos más tarde, dejando entretanto a Martello hundido en el mar de las dudas. ¿Y si se había ido del país? Bueno, eso la dejaba afuera del caso. No, no, hacía tres años de eso. ¿Y si había vuelto? En tanto tiempo pueden pasar tantas cosas...

— Acá tiene— el encargado le tendió un papelito con una dirección de Hotmail. María Salomé podría estar en una isla de la Micronesia y tener una casilla en Hotmail. Pero todavía había una lucecita al final del túnel y Martello le agradeció al encargado por la información.

¿Qué hacía ahora? ¿Le mandaba un e-mail? "Estimada señorita Gaudet, estamos investigando la muerte de su padre. ¿Tiene coartada para la fecha en que fue asesinado?".

El celular le vibró en el interior del saco. Lo abrió esperando que fuera Magda.

— "Loquito", habla Marinelli. ¿No te venís a comer esta noche a casa? Ale preparó goulasch con spatzle.

— Me rompiste el corazón, hermano. ¿A qué hora?

Camino de la casa de Marinelli, intentó con el celular de Magda. Idem de idem anterior. Mañana paso por el hotel y listo.

El goulasch de Alejandra Goldberg de Marinelli era algo para recordar. Los spatzle eran diminutos, sutiles, cremosos, casi etéreos en su delicadeza al deshacerse en la boca y acompañaban de maravillas la textura y los aromas de la carne. Cumpliendo con sus deberes de invitado, Martello contribuyó con dos botellas de Merlot de buena cuna y flores para la dueña de casa.

— Te pasaste, "Colorada" — Marinelli le palmeó el traste a su mujer, que le devolvió un beso en medio de la frente en la que escaseaba la otrora varonil melena —.¿Hay postre?

— No, por favor. No puedo comer más nada— suplicó Martello.

— Preparé apfelstrudel  — Alejandra sonrió angelical.

— ¿Tibiecito y con crema? — casi sollozó Marinelli.

Mientras se comía su porción, Marinelli miraba a su mujer con ojos de carnero degollado, y ella le correspondía con mimos gastronómicos y de los otros. Los chicos saludaron con besos pegajosos de crema y se fueron corriendo al dormitorio a mirar San Lorenzo-Vélez. Alejandra trajo café y se fue a acomodar la cocina.

En un rincón del corazón, Martello sintió el pinchacito de la envidia. Una familia normal, una casa normal. Una cena preparada amorosamente y devorada más amorosamente todavía. ¿Estaré a tiempo para algo así?

— ¿Y? ¿Averiguaste algo más? — preguntó Marinelli mientras encendía un cigarrillo.

Le contó de sus laberínticos recorridos por la ciudad, rastreando a una mujer que parecía inencontrable.

— ¿Por             qué estuvo en cana el padre?

Martello se sirvió un poco más de vino antes de responder.

— Estoy esperando el informe del juzgado... Pero el zorro pierde el pelo pero no las mañas. Debe haber sido un quilombo con menores — con su propia hija, admitió para sí mismo por primera vez en forma consciente. Se quedó mirando el vino rojo oscuro girar dentro del cristal. Y eso basta y sobra para generar el odio suficiente para no dejarte vivir hasta terminar con tu pasado. Aunque ese pasado sea tu padre. Levantó los ojos y Marinelli le estaba leyendo la mente a través del humo.

— Ella también debe odiarse a sí misma. No debe tener paz.

— ¿Por qué mierda te fuiste de Homicidios?— preguntó Martello a media voz.

Marinelli no respondió pero cabeceó hacia el interior del departamento.

— No tengo más estómago. Cuando tenés pibes, ¿viste?, ciertas cosas se vuelven difíciles.

— Lo querían en Narcóticos — dijo Alejandra, volviendo de la cocina—, y yo quiero que disfrute de la jubilación y de la familia. El año que viene cumple los venticinco de servicio y se retira.

Marinelli bajó la cabeza.

— Me lo prometiste... — la "Colorada" fulguró y Marinelli asintió, derrotado—. Mi viejo te ofreció la dirección de la fábrica miles de veces. Sos licenciado en Administración de Empresas, ¡dejate de joder!  

— Ale tiene razón, hermano. Mandá esto a la mierda en cuanto puedas.

— Se lo dicen todos — Alejandra tenía apoyo logístico y no iba a desperdiciarlo.

— Ya le dije que sí al zeide. Y cuando uno le promete algo a tu viejo, mejor irse a la Legión Extranjera que no cumplir.

— ¡Papá te adora! Te hace caso con la fábrica...

— Me entregó a la nena... Les hicimos el briss a los chicos... — otra palmada en el traste.

Se hacía tarde y Martello se despidió de Marinelli y de su mujer, con mutuas promesas de futuras visitas.

Mientras volvía al hotel,  pensó que nunca se le había cruzado por la cabeza el retirarse o hacer otra cosa que no fuera ser policía. Ni siquiera cuando estaba con Laura. Algo le dolió en alguna parte del cuerpo entre la garganta y el estómago, pero no quiso darse por aludido.

 


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